Paco Ávila y su vino Centibel tempranillo ecológico

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Paco Ávila es un vecino de 78 años jubilado y padre de dos hijos a los que adora. Es el mayor de los cuatro “Pajarillos” de Fuentidueña, apodo del que se honra y por el que se le conoce en el lugar. Paco “Pajarillo” decimos para referirnos a él en las esquinas.
Después de pasar su vida al frente de un almacén de material eléctrico dedica ahora los días a disfrutar, más si puede, de la vida y de sus cuatro nietos.
Pero Paco siempre ha sido muy disfrutón, se le ve en la cara, y cómo tiene tiempo, ansioso de aprovechar hasta el último minuto se entretiene en la tierra cultivando y sacando de ella los mejores productos. Me dice que es “agricultor huertero y olivarero”. Tuvo viña, pero este Pajarillo sufría mucho porque “las uvas se las comían los tordos. No podía con ellos y decidí sacarla hace dos años para no tener que penar más”, me dice.
“La tierra está en La Higuerilla, en la Vega Abajo, y cuando la heredé era viña de blanca. La saqué para replantarla hace ya años de tinta centibel y garnacha que traje del pueblo castellano-manchego de La Solana. Con esa uva empecé a hacer vino para cosecha propia. Pero como te he dicho la saqué para no sufrir más por culpa de los tordos”.
¿Y entonces?, le pregunto y me explica. “Pues ahora consigo las uvas en La Fuente de Pedro Naharro, el pueblo conquense donde vive mi consuegro Julián Aranda. Él y otros amigos de allí me proporcionan unos 450 kg de uva centibel tempranilla ecológica de la que obtengo unos 250 litros de caldo que después embotello”.
Sigo la amena charla y Paco me explica el delicado proceso para convertir la uva en vino. Este año a primeros de septiembre viajó a por la uva que transportó cuidadosamente en cajas de fruta para que no se dañasen. Ya en Fuentidueña y sin tiempo que perder las machacó con ayuda de sus hijos Paco e Isma y también de Dani, su nieto mayor al que le encanta el mosto. Lo hicieron con máquina manual; después prensó hasta depositar el resultado en el tanque con “la madre”, dos espuertas sin escobajo. “Es un proceso delicado que hay que hacer rápido”, me dice.
Allí ha estado el caldo alrededor de dos meses “hasta que cae la casca”. Una vez finalizado este proceso lo mete en garrafas de arroba -16 litros- donde reposarán para embotellar pasados un par de meses aproximadamente.
Paco es un hombre afable con el que da gusto conversar. Se podría hablar con él de cualquier cosa. A su edad dice no dolerle nada y estar fenomenal. Cuando terminamos la charleta se levantó agradeciéndome el rato. Bueno Luismi, me dijo, si necesitas algo me llamas. Me marcho que casi son las dos y la mujer tendrá ya el puchero preparado.
Gracias a ti Paco. Siempre un placer, le contesté.

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