«Programar es el nuevo lenguaje que tiene que estar en las aulas, como el inglés»

371

Matias Stuber – Diario Sur

Leer, escribir, calcular y, en un futuro próximo, saber también cómo se dominan los códigos de línea. ¿Deben los niños aprender también a programar? ¿La programación, como asignatura, debe tener cabida en la educación reglada? El director de Empleabilidad e Innovación Educativa de la Fundación Telefónica, Luis Miguel Olivas, no tiene dudas y ofrece un sí que no deja lugar a matices.

El también director de 42 Málaga, un campus de programación que abrirá sus puertas la semana que viene en el Polo de Contenidos Digitales de Málaga, donde 600 alumnos de todas las edades entrarán en contacto con lenguajes como Python o Javascript, habla con pasión sobre la irrupción y las posibilidades que ofrece la tecnología. En esta entrevista también aborda para SUR la importancia de saber programar para tener más posibilidades en el mercado laboral del futuro. «Ponerle límites a la digitalización es como ponerle puertas al campo», sostiene.

–Cervantes, Galdós y después clases de Python. ¿Es lo que debería pasar en las aulas de los institutos que llenan nuestros jóvenes?

–Hay una necesidad enorme por parte de la sociedad y del mercado laboral de tener los perfiles digitales que están demandando las empresas. Todos piensa ahora que todos tenemos que ser programadores porque se necesitan. Yo quiero ser cauto. Hay que fomentar, desde las edades más tempranas, vocaciones científicas y tecnológicas. También creo que es necesario incrustar la asignatura programación en el currículum escolar. Pero no con el fin de que nuestros niños salgan programadores y sí porque la asignatura de programación te ayuda a estructurar tu cerebro y muchas otras facetas de tu vida. Programar es el nuevo lenguaje que tiene que estar en las aulas, al igual que entró en su día el inglés.

–Pero, mientras que los primeros dos no faltan en ningún plan educativo, no pasa lo mismo con la programación.

–Acabará estando. Estoy convencido de ello. La programación será parte del currículum que tengan que aprender nuestros niños. El sistema educativo no solo tiene que cambiar el contenido, también la forma de impartirlo. Tenemos que romper con la enseñanza tradicional de que tengo una clase y van todos como un rebaño de ovejas a la misma velocidad. Cada niño tiene diferentes necesidades personales y educativas. Tenemos que acompañar a cada niño según sus necesidades.

–En ese modelo que usted propone, ¿saber quiénes eran Platón y Aristóteles se vuelve prescindible?

–No, en absoluto. Hace falta que la competencia digital sea transversal. Necesitamos también a humanistas y filósofos digitales. La tecnología nos habilita, pero somos las personas las que transformamos. En el mundo digital hace falta también una ética digital.

–¿Cree que en un futuro la programación se convertirá en una aptitud básica como leer, escribir o saber sumar y restar?

–Sí, estoy completamente seguro de ello. Será algo tan básico como lo es hoy saber hablar inglés. La programación es el tercer lenguaje que deben saber nuestros niños, junto al castellano y el inglés.

–¿Pero qué significa concretamente aprender a programar? La mayoría de las personas navegan sin problemas en su día a día sin saber lo que es una línea de código.

–Yo aprendí a programar el día en el que mi cabeza hizo ‘click’ y empezó a pensar en programación y en código. ¿Para qué me vale eso en la vida? Para adquirir una visión espacial, creatividad y organización. En la programación está todo muy estructurado. Cuando uno aprende a programar tiene que probar 30 veces antes de que funcione el programa. Aprendes a lidiar con la frustración.

–¿Hasta qué niveles el trabajo de programadores atraviesa a áreas importantes de nuestras vidas?

–La programación lo atraviesa todo. Todo está secuenciado. Desde una aplicación que facilita el trabajo a un peón en una obra, pasando por nuestra identidad digital. Esta identidad digital tiene mucha más escalabilidad. Tenemos muchos más datos puestos a disposición de muchos algoritmos que, sin darnos cuenta, nos van trazando nuestro día a día.

–¿Los algoritmos determinan nuestra toma de decisiones? O sea, compro unas zapatillas porque me saltan mientras repaso las últimas historias de mis contactos en Instagram.

–Claro, por supuesto. Hay una cantidad enorme de publicidad que nos personalizan y ni nos damos cuenta. Uno de los perfiles más demandados ahora mismo es el del especialista en marketing digital.

–¿Qué efectos secundarios tienen estos algoritmos?

–Hay mucha gente que le tiene miedo a la tecnología, que te dicen que no quieren que le miren cada día lo que hacen. Pero es muy difícil salir de esta rueda. Lo que hay que hacer ver es que esta rueda te genera oportunidades. Igual, esas zapatillas son justo las que necesitaba para correr mi próxima triatlón.

–¿Cree que es importante que las personas entiendan cómo funcionan las aplicaciones que utilizan a diario en vez de solo emplearlas?

–Aquí hay dos tipos de usuarios. Los que quieren saber todos los entresijos, que es el 1%. El resto de la sociedad vivimos y convivimos con estas aplicaciones con la naturalidad del día a día. Si hay 90 millones de personas que tienen descargado WhatsApp, ¿por qué me voy a quedar fuera y abrirme una brecha social? Lo que sí que tenemos que saber cuál será la trazabilidad de nuestros datos que facilitamos. Saber a quién se los queremos ceder y a quién no.

–42 Málaga se estrena como gran campus para la programación. ¿Qué le espera a los 600 alumnos que van a pasar por sus aulas?

–Los alumnos de 42 Málaga van a aprender a programar. Pero la gran diferencia será en cómo lo aprenden, con una metodología que se adapta al estudiante. El campus estará abierto 24 horas, los siete días de la semana. Y es el alumno quién decide cuánto tiempo le dedica y a qué rama. No existe la figura del docente. En 42 Málaga tenemos a un equipo pedagógico que acompañará a los estudiantes. No hay límite de edades. La tecnología no entiende de edades, entiende de actitudes.

–Suena un poco a anarquía controlada o a un estilo de enseñanza ‘laissez-faire’.

–Es un estilo educativo con una flexibilidad enorme, pero bajo un marco controlado. Hay un 100 por 100 de inserción laboral. ¿Cuál es la diferencia entre la universidad y la vida? En la universidad primero te enseñan la teoría y luego te ponen el problema. Tú aprendes a desarrollar con el problema. En la vida te encuentras con el problema y de ahí sacas el aprendizaje teórico. Pues 42 Málaga es más parecido a la vida.

–Málaga quiere convertirse en una gran capital tecnológica. ¿Qué juega a su favor y qué le falta aún para lograrlo?

–Málaga está haciendo un trabajo impresionante. Ha creado un ecosistema digital increíble. Es la ciudad de España que mejor está trabajando la transformación digital de la sociedad. La ciudad tiene unos ingredientes increíbles para poder teletrabajar, le veo un futuro muy prometedor. En el debe hay que mirar a las propias empresas, que tenemos que ser capaces de captar y atraer al mejor talento. También hace falta seguir impulsando más iniciativas en torno a este ecosistema digital.

–Las empresas siempre lamentan la falta de personal cualificado. ¿Cómo se logra que haya cantera?

–Trabajando desde las etapas educativas más tempranas todo lo que tiene que ver con despertar vocaciones científicas y tecnológicas.

–La empleabilidad en ingenierías como telecomunicaciones o informática es, prácticamente, plena. Sin embargo, las matriculaciones no experimentan un auge considerable o, directamente, descienden. ¿Qué está pasando?

–Esa es una gran dicotomía social que tenemos y que no se entiende. Un problema grande. Por eso digo que hay que trabajar desde una etapa educativa anterior y hacer ver que las ingenierías no son tan difíciles como parece. Hay que cambiar los estereotipos. La formación profesional también será clave en la recuperación económica. Las empresas están demandando cada vez más perfiles que salen de la formación profesional.

–El oficio del programador sigue dominado por el hombre. ¿Por qué hay tan pocas mujeres?

–Hay muchas variables. Está la cultural, promovida por la falta de ejemplos femeninos en el campo de la programación. Pero luego también nos preguntamos de forma constante qué tenemos que hacer para atraer a mujeres a la tecnología. Quizá hay que preguntarse que qué tiene que hacer la tecnología para atraer a las mujeres. Tenemos el reto como sociedad de que las niñas vean que la tecnología y la programación también son para ellas.

–Las grandes empresas tecnológicas son muy pocas, pero tienen mucho poder. ¿No le preocupa?

–Hay una cosa que a nosotros nos preocupa y es que la digitalización tiene que ser capaz de no dejar a nadie atrás. No podemos dejar atrás a las pequeñas y medianas empresas de nuestros territorios. Es muy difícil competir contra los monstruos tecnológicos que hemos creado, pero eso no quiere decir que no tenemos oportunidades de acompañar a nuestras pequeñas y medianas empresas, que son las que sostienen a nuestra economía.

–¿Cuándo cree que hay que ponerle límites a la digitalización? Al final, digitalización también es esa persona mayor que está obligada a hacer sus transacciones bancarias a través del móvil, pero carece de conocimiento para ello.

–Yo no creo que haya que poner límites a la digitalización. Creo que hay que conectar a las personas con esa digitalización, formar a las personas para que se suban al barco. Lo que sí hay que poner son unas reglas de juego, una ética digital. Pero es imposible ponerle límites a la digitalización. Es como si le queremos poner puertas al campo. Va a seguir creciendo de forma exponencial.

–La digitalización tiene el peligro de dividir a la sociedad. Mientras que una parte clama por la revolución digital, crecen las fuerzas políticas reaccionarias que claman por la restauración. El fenómeno Trump anclaba muy bien en este contexto.

–Para mí, aquí hay un enorme error de concepto. Y pasa también en la docencia, donde te encuentras a profesores que están totalmente en contra de la tecnología. Realmente, la tecnología no es buena ni mala por sí sola. Es mala si se programa con un fin malo. Tenemos que cambiar la visión negativa que tienen algunos sectores sobre la tecnología.

–La digitalización también es un mundo en cambio constante. Da la impresión que el conocimiento adquirido tiene cada vez menos vigencia. ¿Los títulos y los máster dicen cada vez menos?

–Aquí voy a ser muy drástico. Afortunadamente, pienso que estamos llegando al fin de la ‘titulitis’. No vale de nada contratar a gente por el título que tengan sino por lo que saben hacer. Es decir, por las competencias que tengan para desenvolverse.

–¿Cuántos años tienen sus hijos?

–Tengo tres. De ocho, seis y tres años.

–¿Utilizan el móvil?

–No. Ellos todavía no tienen móvil. Lo que sí utilizan, en el ámbito escolar, son tablets. Yo soy partidario de darle el móvil al niño cuando su grado de madurez lo defina y no que lo defina el entorno. Y antes de dar un móvil, hay que trabajar muy bien con ellos para que sepan hacer un buen uso de ese móvil.

–¿Nos queda margen para determinar cómo queremos que sea nuestro futuro o ese futuro está marcado por lo que quiera Sillicon Valley o Mountain View, es decir las grandes empresas tecnológicas?

–Yo estoy convencido de que el futuro va a estar en mano de los ciudadanos. Vamos a ser nosotros los que vamos a definir nuestras propias reglas.

Comments are closed.

× ¿Cómo puedo ayudarte?