Serie epistolar. Carta I

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Mayca Margon

Querida madre:
Mucho me temo que desde donde te encuentres y si es que me estás viendo, tu feliz tranquilidad va a ser alterada. Quizá ya lo esté si es que, repito, me estás viendo.


No necesitas que te cuente porque tú me conoces. No hace falta que e explique porque sabes cómo soy. Y justificar mis actos ante ti sería como poner en evidencia que las excusas son solamente excusas.
Mamá puede que no aceptes mis actos y que te cueste no tener en cuenta a los demás, lo que piensen o lo que digan. Pero en cierto modo y sin querer implicarte todo es fruto de tus historias contadas con pena o vividas con alegría. Como hija tuya siempre he estado observando cada uno de tus gestos, tus risas y tus lágrimas. Y sacando mis propias conclusiones, que no han de ser las que fueron, se ha formado mi ser interior. Al igual que ya formaste mi ser exterior. Y cuánto te lo agradezco madre mía.


Mi vida, tú me la diste y por eso la valoro. No he querido ser infeliz ni vivir injustificadamente; quiero que el final de mi vida sea un acto de agradecimiento. Quiero dejar un rastro de amor. Quiero poder enseñar lo qué es amar. Y quiero decirte, madre, que cuando me reúna contigo te contaré con gozo lo que me mereció la pena vivir para que tú con orgullo me sonrías. Y si no he actuado como se espera de una mujer adulta, al menos que tú sí sepas que me he guiado por la decencia de no mentirme nunca.
Gracias madre.

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