Una miradilla a una simple hojilla

0 92

Esteban Garcia

Hace unos días hemos comenzado un nuevo otoño, esta romántica temporada, en la que los días se acortan y se alargan las noches, las temperaturas se achican y los cuerpos aumentan su envoltorio, las hojas de los árboles palidecen, cambiar su color, y trémulas, caen, alfombrando, paseos, calles y jardines con alfombrada decadente realidad.
Y veía en esta plácida y serena marcha de la naturaleza que nos envuelve una oportunidad: aprender, poder comparar y saber.
Y recordaba mi admirada mirada contemplando el inicio del tiempo primaveral, las nacientes heridas en ramas y tallos, el alegre surgimiento de los nuevos brotes, su tranquilo estallido, el continuo cambio de colores, el pausado crecimiento de las ramas; el lentito cambio de sus hojas, el esplendor de su nueva floración y el hermosear de los nacientes frutos.
¿Y sus hojas? Gracias a ellas pueden vivir las plantas ¡Y hasta nosotros! Ellas convierten nuestro viciado aire, y nos ofrecen el oxígeno ¡Y esta tarea la hacen de día: sólo de día! En ella la luz de nuestro sol se muestra plenamente indispensable.
Cumplida su labor, las humildes hojas llegan al otoño, pierden su vigor, cambia su aspecto… ¡y caen! Pero la vida sigue su ritmo. La planta reduce su actividad vital al mínimo, como adormecida, esperando pacientemente la anhelada primavera.
Y en este tan singular nuestro recién aparecido otoño, asediados por el persistente, y aún no totalmente sometido COVID; la ya menos soportable escalada de precios -sin término aparente-, y sus nefastas consecuencias; la violencia de siempre, con sus injustas secuelas de falta de libertades de siempre, aplastamiento de derechos humanos, crecida de migraciones y guerras, entre la que hoy destacamos de Ucrania; y lo que con ella nos ha surgido e incrementado, como la escasez de energías, el incremento de su precio, y lo que con ello “nos aprieta…” no el zapato, sino los dos zapatos.
¡Y más y más! Que en este mundo malamente globalizado cada día nos empuja, oprime, aplasta, …nos oprime. Y nos desorienta -al menos lo intenta-, y hace crujir nuestra sensibilidad humana, favoreciendo aislamientos, crisis vitales, adormecimiento, depresiones,…
Pero tras el duro invierno amanece la primavera, vuelve a adornar el paisaje, y tras ella, el flamante verano. Y la vida sigue.
Y en todo esto ¿nosotros?
Consciente de su ir y venir, de su oportuna marcha y real continuidad, destaca la oportunidad de cada momento…De nuestra implicación. Posiblemente más cualificada e intensa, de nuestra asunción de renovada responsabilidad -cada uno en aquello que puede…y debe- a la que personalmente estamos llamados, que puede descubrirse como vocación.
Descubrirlo y vivirlo: el valor de una hojilla, este inmenso y hermoso árbol de la humanidad que camina, consciente o no, hacia su plenitud, su Felicidad: a la Luz, en un mano a mano, con sus iguales, hacia el llamado “Reino” de nuestro Padre Dios.

Leave A Reply

Your email address will not be published.

× ¿Cómo puedo ayudarte?