Mis padres se fueron. No están en casa, no están en el campo, ni en la playa, ni en el pueblo. Mi padre enviudó doce años antes de su fallecimiento. Doce justos: mismo día de mes, mismo mes y, evidentemente, año diferente. Como digo, ellos no están, pero yo me los encuentro.
Puede parecer presuntuosa esta afirmación, pero no. Nada más lejos que sugerir alguna conexión con el “más allá”, más bien mi intención es conectar con “el más acá”, día a día, noche tras noche. Las noches, algunas noches. Soñar, el sueño, algunos sueños. Pues sueño. Yo sueño, y soñar para mí es una suerte de oportunidades; lo vivo una vez, otra segunda vez y hasta una tercera… paralelamente con la realidad, que es como llamamos a lo percibido y captado mientras no dormimos, es decir, que estamos despiertos. Y a ello voy.
Teniendo en cuenta, como he referido, que Morfeo tiene a bien ofrendar mi descanso con sueños regalados, verídicos o no, lo cual agradezco, además de sentirme afortunada, añado, que además me acuerdo de lo soñado. Y procuro no olvidar contándome a mi misma el argumento de ratito en ratito, reviviendo lo acontecido durante el sueño, repasando las escenas como si fuera una de esas películas que te marcan. Concretando, quién soy yo para afirmar o desmentir que lo real es sueño y el sueño puede ser real, que viene a ser lo mismo. “Cumple tu sueño. Persigue un sueño. ¿Estás soñando? Que sueñes con los angelitos”. O “No vives en la realidad”
Continúo ahora sin desviar el tema que me interesa transmitir y que es la PERMANENCIA Esa permanencia, en mis instantes y en mis horas, semanas y meses. Años hace que no están, pero siempre encuentro a mis padres. Y los encuentro bien, son felices. No allá, no acá, no. Son felices en mi sueño, a mi lado.
El espacio soñado se recubre con la imagen de la casa habitada durante mi infancia, apareciendo uno a uno los mismos muebles que recuerdo, las cortinas corridas y las paredes blancas. El pasillo largo, el cuarto estrecho. Mi madre y su delantal, siempre blanco, inmaculado. Horquillas en el pelo y las mejillas sonrojadas. Me mira y me habla sin mover los labios, mientras sus regordetas manos trajinan por toda la casa, pocas veces la encuentro sentada. Mi padre y su chaqueta de lana verde aceituna con algún remendón que otro. Me fijo en su nariz aguileña y le identifico aún más por sus manos pequeñas de sólidas uñas ancladas. Y sé, medio en desvelo, que no puede ser posible. Pero esa misma certeza me alienta a seguir soñando, soy consciente de no querer despertar. Los he encontrado.
Quiero reconocerles mirando sus ojos. Escuchar sus palabras que entiendo ahora más que nunca. Apreciar el tacto de la ropa que cubre su etéreos cuerpos. Acogerlos sin un adiós .Y no despertar, ¡todavía no! Pero me despierto. Siguen por unos instantes conmigo, sobre la almohada. Siento su compañía aún entre las sábanas, su presencia tan veraz y los olores de la casa. Sin prisas, con la lentitud que en nada corresponde con el tiempo real, sus imágenes se desvanecen. Me revelo. Sin angustia. Y cerrando los ojos doy las gracias. Una luz insinuante espabila mis sentidos, sumidos en el regusto de añorar a mis seres queridísimos por unos segundos, no más. Están, estarán siempre porque así lo decido.
Despierto a mis hijos después de observar como duermen. Queriendo adivinar qué sueñan. Aliviada con complacencia porque sus sueños no serán como los míos, a ellos no les corresponde.
Contaré a mis hijos la recurrente permanencia con la que convivo para que forme parte, en otro tiempo, de sus sueños. “¿Sabéis qué he soñado?”

