José Balboa
En nuestro vivir hay gestos que tienen un valor rayano en lo infinito y que difícilmente nos paramos para analizar: la sonrisa. Cuando me preguntan sobre mi estado de salud intento ser discreto y breve. Salvo en casos excepcionales mi respuesta es siempre la misma: “Virgencita que me quede como estoy”. Además de aclarar mi estado, suelo conseguir algo de mucho más valor: Una sonrisa en mi interlocutor. La sonrisa es un producto que no se vende en ningún comercio. Soy bastante contundente al emitir un criterio sobre la definición de los años. Pienso que ellos son el invento de un personaje aburrido en un instante de inspiración propia de su inactividad. Son los aconteceres que has vivido y compartido durante tu existencia, los que miden y definen la cantidad y calidad de todos ellos. Personalmente la cantidad de los míos están en el despertar de cada mañana y en el acostarme por la noche. La calidad, de momento, gracias a Dios, se revela el realizar los dos actos, acostarme y levantarme sonriendo. Sintiéndome muy afortunado por gozar como lo hago, no puedo por menos que cada segundo que pasa enamorarme aún más de esta vida que Dios me regala sin desperdiciar ni un segundo, consciente de que cada momento perdido, es irrecuperable.

