Impresionante eclipse solar

Fue como la culminación de un efecto que te llena de placer, de algo que te inunda de satisfacción, más allá de lo que te pudieras imaginar ya fuese físico o espiritual… Tenía interés en verlo dentro de la franja de sombra para aprovechar el máximo tiempo de la culminación del efecto astrológico según las predicciones de los astrólogos y de los técnicos. Había leído y revisado todo lo relativo al efecto eclipse, escuchado en Radio Fuentidueña a Antonio Sánchez nuestro experto local en estas lides y lo esperamos con suma expectación. Merce había adquirido las gafas, homologadas ¡claro! y las guardaba como “oro en paño”.
¡Cuidado!, no mirar sin las gafas homologadas, te puede dañar la retina, te puedes quedar ciego. Pues aquí va mi anécdota.
Yo conocí mi primer eclipse en abril 1959. Asistía a clase con don Silvino y él nos explicó que al día siguiente se daría un eclipse parcial, que se podría distinguir mirando hacia el Este sobre el mediodía.
¿Cómo verlo?, le pregunté.
Dile a tu tío Esteban, que es cristalero, que te corte unos trozos de cristal y los ahúmas con una vela. Así podéis ver el eclipse sin dañaros la vista, ya que es peligroso y os puede dañar la retina si no lo haces así, me respondió.
Lo vimos la mayoría de los alumnos y algún mayor que se acercó ante la curiosidad… no digo más. Bueno, si diría a algún mentecato negacionista como Bosé, M. Llorente y otros influencers, pero en fin, a palabras necias, oídos sordos.
Le pedí el favor a Nacho y hasta Pezuela de las Torres nos dirigimos los dos, donde se suponía teníamos un buen espacio de tiempo de observación. No tuvimos que preguntar. Llegamos justo al punto de encuentro donde los lugareños se empezaban a agrupar para elegir el lugar adecuado. Tenían organizado el aparcamiento que dirigía la policía local y un río de personas pertrechadas con sus neveras y bocadillos se dirigían hacia un punto estratégico libre de todo obstáculo donde a la hora “H del día D” estuviera despejado. Las gafas que previamente había distribuido el Ayuntamiento, se suponían guardadas a buen recaudo. Aquellos preparativos se asemejaban a una fiesta, como así fue. Se escuchaban comentarios de todo tipo, el cambio de impresiones y el bullicio de los chiquillos hacían entretenida la espera. Conectábamos de vez en cuanto con Susana una de las observadoras locales que sabíamos en la Ermita, lugar escogido por numerosos vecinos, también provistos de viandas. O con Merce, atenta a la programación televisiva y saber cómo se distinguía desde distintos puntos el “acontecimiento astrológico”.
Y fue pasando el tiempo y los nerviosos afloraban. ¡Por fin! Las 19.30 y la Luna comenzó a cubrir al astro rey. Al descubrir que se movía nos creaba cierta inquietud, un desasosiego y un placer difícil de explicar. ¡Sí!, como si te fuera invadiendo un halo “que te sulibeya” y no te deja en paz. Así fue in crescendo la Luna hasta cubrir al Sol progresivamente. Suavemente la luz ambiente fue bajando de intensidad hasta que se hacia la noche. Los pájaros callaron, niños y mayores quedamos en silencio anonadados. Al tiempo la sensibilidad de la célula eléctrica encendía el alumbrado público del pueblo y comenzó la marcha atrás. 1, 2, 3,… hasta 43 segundos contamos embelesados sumisos en una placidez difícil de explicar. ¡Mereció la pena Nacho! De pronto, la gente eufórica aplaudía, los niños saltaban, daban ganas de abrazarte, de proclamar en voz alta los versos de Gustavo A. Bécquer “ Hoy la tierra y los cielos me sonríen, hoy llega al fondo de mi alma el Sol, (La Luna) hoy la he visto, la he visto y me ha mirado… ¡Hoy creo en Dios!”
Y contactas con las personas que amas y te acuerdas de la gente que aprecias, de los que están y los que no. Cruzando los valles vuelves a casa impresionado, sintiendo dentro de ti, la sensación de la inmensidad del Universo, de la Vida, del Mundo.