José Carlos Maldonado gana el Concurso Quintanillas de Granada

El pasado 27 de junio la Escuela de Trovo de Balate de Granada concedía el Primer Premio Quintanillas 2026 a José Carlos Maldonado en un certamen que recogió ciento once creaciones. 

Esta es la crónica que hace el propio autor de este galardón poético que conecta la tradición oral de la Alpujarra con las páginas de Fuente de la Dueña, entre zambra y cante por medias granadinas.

Quintanillas alpujarreñas creadas en Fuentidueña triunfan en Granada

Luis M. González, director de Fuente de la Dueña, me envió WhatsApp hace unos días con una propuesta clara: acercar a las páginas de nuestra revista la historia de una tradición poética muy singular. El motivo de la petición nace de un hecho reciente: el Primer Premio otorgado a este cronista el pasado 27 de junio de 2026 en el certamen del Jardín de San Andrés, en Granada.

Sin embargo, más allá del galardón, lo verdaderamente relevante es la vigencia de un arte peninsular que une la agudeza popular con la precisión geométrica del trovo andaluz.

Para comprender la magnitud de esta disciplina, es necesario viajar a las tierras de la Alpujarra, comarca compartida entre Almería y Granada. Allí, la quintilla no es un ejercicio académico de salón, sino una herramienta de comunicación viva y democrática. Para entenderla, hay que cavar hondo en la tierra porque no nace en los despachos; nace del trovo, en los campos duros de Almería y Granada. Es una tradición viva donde las jerarquías se borran por el peso de la palabra. En los campos y plazas de aquellos pueblos blancos, se produce un fenómeno sociológico extraordinario: un trabajador de la tierra, con las manos curtidas por los callos de la azada y el arado, y un hombre con estudios de carrera, se miran de igual a igual. Discuten, se replican y dialogan a diario utilizando exclusivamente versos improvisados, demostrando un ingenio natural fuera de lo común. En este duelo verbal, es habitual que los troveros canten a pleno pulmón sus trovas, acompañados por guitarras o violines, y los poetas se repartan los versos de las estrofas, según su inspiración, obligando al compañero a recoger el guante de la rima en décimas de segundo, y a rematar el pensamiento que el otro dejó a la mitad.

La estructura de la quintilla alpujarreña exige un rigor matemático absoluto. Consta de cinco versos octosílabos gobernados por una estricta ley: solo se permiten rimas consonantes, ningún verso puede quedar suelto, y jamás pueden sonar dos rimas seguidas. La norma es rimar los cinco versos de la siguiente forma: primero con tercero y quinto, y segundo con cuarto. Siempre en rima consonante. La verdadera maestría reside en su arquitectura dramática. Los primeros cuatro versos van tejiendo una red invisible, un puente de suspense en el aire, para que el quinto verso caiga con la precisión de un hacha o un golpe de gracia, resolviendo la idea con absoluta lucidez.

En la gran final del concurso, la dificultad técnica se elevó al máximo. Treinta y siete participantes finalistas debían presentar tres composiciones cada uno, incorporando obligatoriamente tres palabras preceptivas que marcaban el compás geográfico y poético de la prueba: Alhambra, Albaicín y Granada.

Entre las ciento once propuestas que evaluó el jurado, las tres quintillas ganadoras buscaron capturar esa esencia andaluza a través de la rima exacta. Tras leerlas todas, yo no sabría decir cuáles de las ciento once eran las mejores, todas me parecían formidables. Comento las de referencia:

La primera pieza recurrió a la nocturnidad clásica invocando la zambra, esa fiesta flamenca granadina, llena de duende y temperamento, donde el baile y el cante descalzo resuenan en las cuevas del Sacromonte: “La luna baja a Granada/ a besarse con la Alhambra/ por su bella luz dorada,/ mientras se escucha una zambra/ desde el Albaicín, cantada.”

La segunda composición se centró en la quietud y la luz del paisaje: “Vuela el alma hacia Granada/ donde el tiempo se detiene,/ y el Albaicín la mirada;/ mientras la Alhambra retiene/ la luz de Sierra Nevada.”

El tríptico finalizó evocando el propio juego del trovo y el cantar por medias granadinas, buscando el sonido del agua y los violines en el entorno nazarí: “Cantan medias granadinas/ ángeles y querubines/ en verde Alhambra encarnada,/ con notas de cien violines./ El agua toca embrujada:/ ¡Albaicín entre jardines!”

El jurado concedió la máxima calificación a la serie, otorgando el “Primer Premio en reconocimiento al ingenio, la rima y la maestría en el trovo.” Más allá del reconocimiento formal, el certamen del Jardín de Don Andrés de Granada demostró que la poesía de raíz popular sigue siendo un puente capaz de conectar la memoria de las alpujarras con los lectores de Fuente de la Dueña.

Espero que la noche ajardinada, el agua del Albaicín, la majestad, la belleza y el oro de la Alhambra lleguen a Fuentidueña, para que nuestras calles recuerden siempre que la poesía viva, como el amor, no entiende de distancias.

José Carlos Maldonado