Hay lugares que no necesitan explicarse demasiado. Basta con observar quién entra, quién sale y quién vuelve. Mesón Plaza es uno de ellos. Treinta años después de su apertura, sigue ocupando un espacio constante dentro de la vida de Fuentidueña de Tajo: el de los sitios que, sin buscarlo, acaban formando parte de la historia cotidiana de un pueblo.
Detrás de su origen está Jose de la Plaza Manzano, conocido como “Chovi”, junto a Mari Carmen Carralero Ontana. En 1996, tras 17 años trabajando como auxiliar de laboratorio en Tartárico y Derivados, decidió cambiar de rumbo. Sin experiencia en albañilería ni en hostelería, aprovechó un periodo de desempleo para construir el mesón junto a la casa de su hermana. El proceso fue lento y muy manual, apoyado en la ayuda de familiares y conocidos: su suegro Antonio, Maceo en la estructura metálica y los acabados, Pepe Ayala en el tejado, y Pepe y Santiago en las instalaciones.
Con el paso del tiempo, el mesón fue creciendo en personas. Por su barra han pasado nombres que forman parte de su recorrido: Tabero, Jesús, Félix, Juanillo, Luis, Fleitas, Montalvo, así como Jose, que empezó ayudando siendo muy joven hasta integrarse plenamente en la actividad. Con el relevo también han ido llegando cambios naturales: la música en directo ha convertido el espacio en punto de encuentro más allá del día a día, y la apertura al mundo cervecero ha ampliado la oferta sin romper con lo que ya existía.
Pero la historia del Mesón Plaza no se sostiene solo en los nombres que se recuerdan. También está hecha de muchas otras personas que han trabajado aquí en distintos momentos: camareros, ayudantes y colaboradores que han pasado por el bar y han dejado su parte, aunque no siempre figure en la memoria más visible.
La hostelería, además, tiene una cara menos evidente. Jornadas largas, fines de semana trabajando y horarios que, rara vez coinciden con la vida fuera del bar. La conciliación con la vida familiar no siempre es sencilla, y detrás de cada jornada hay una dedicación constante que explica, en gran medida, que un proyecto así siga en pie después de tantos años.
Y luego está todo lo que no se puede enumerar. Durante tres décadas, Mesón Plaza ha sido escenario de lo cotidiano: encuentros sin plan previo, conversaciones que se alargan, celebraciones improvisadas y rutinas que se repiten hasta convertirse en costumbre. Un lugar donde distintas generaciones han coincidido con naturalidad.
A lo largo de estos años ha habido cambios, como en cualquier historia larga, pero sin perder la forma de hacerlo reconocible. Esa continuidad, más que la ausencia de cambios, es lo que lo ha consolidado como parte del tejido social de Fuentidueña de Tajo.
Treinta años después de aquel 29 de marzo de 1996, Mesón Plaza sigue abierto y formando parte del día a día del pueblo. No porque todo haya sido perfecto, sino porque ha sabido mantenerse, corregir cuando ha tocado y seguir adelante.

