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El artista Domingo González “Dominguin”

Pedro A. Mora

No, ¡no es de la dinastía torera! aunque alguna vez se pasa con Carmen por las Ventas. Es un artista con los pinceles.
Hombre sencillo, modesto, persona pacífica, serio en una primera impresión, pero, con una amplia sonrisa en los labios. En cuanto entablas una mínima relación con este fuentidueñero descubres al hombre chistoso, simpático, observador, amigo de sus amigos, enamorado de los suyos, de su pueblo, de su gente,… Un artista autodidacta, siempre abierto a saber más, a conocer, incluso del más allá, pero sobre todo unas cualidades innatas para el arte pictórico.
Domingo es un niño de la posguerra, esa época de la escasez de juguetes, y no por eso se dejaba de jugar a los distintos juegos convencionales de entonces. Escondite, a péndola, pañuelo, cajillas… eran de moda. Además, estaba la capacidad de inventar en función de la película que ponían el domingo en el Jardín. Ingeniándoselas con sus amigos del barrio se hacían los propios divertimentos. Si la película era del Oeste por los cerros aparecían al día siguiente Billy el Niño, el Sheriff de Montana, indios Nube Roja, Cochise, el Séptimo de Caballería y sus huestes equipados con sus rifles de madera, arcos y flechas de confección artesanal.
Nuestro protagonista era un experto. Junto a sus amigos se fabricaban sus lanzas de cañas o espadas si la película era de mosqueteros o de moros y cristianos. La batalla era en el Castillo. En invierno en la poza helada del Charco eran las exhibiciones de , que algún disgusto hubo al romperse el hielo y “chico al agua”; el túnel del Risco no estaba exento de riesgo.
Cuando se oía el grito de “¡¡¡extranjeros!!!” se dejaban los juegos y todos corrían hasta los turistas que paraban en la carretera para fotografiar las del Perchel. Siempre repartían entre la chiquillería unas pesetillas con las que se compraban tebeos o golosinas Foroso o la Nicanora. Domingo era como Crispín el de El Capitán Trueno o Pedrín el de Roberto Alcázar, los héroes de los tebeos, siempre ingeniando, incluso en ocasiones con juegos un tanto peligrosos como el lanzamiento del bote con el carburo, como si fuera Cabo Cañaveral. En los baños en el río siempre incitaba a las aventuras, a tirarse desde la Peña, bajar nadando de a Puente, buceando en el remolino del Risco. Tenía una gran capacidad para la apnea, se cruzaba el río buceando, alarmando a sus amigos; trepaba al gran álamo negro de la Pradera, donde como Rodrigo de Triana desde la Carabela Pinta, daba la voz cuando divisaba alguna sospecha rara, a veces picaresca digna de resaltar. Se tiraba desde las ramas de los sauces del Coto como Tarzán movilizando a la chiquillería bañista.
Dominguín, que así le llamábamos, se crio con su abuela Sofía primero en el Barrio del Castillo y luego en el Risco, donde se reunía con su pandilla a leer las Selecciones Readers Digest y escuchar . Su fuerte no eran los , aunque disfrutaba viendo jugar a sus amigos en el . Su primer empleo fue haciendo estropajos y escobas, trabajo que ofrecían a los chavales. Ya en Madrid aprendió el oficio de soldador trabajando en un taller experto en invernaderos, empleo este con el que recorrió diversas provincias y algunos países europeos.
Los fines de semana regresaba al pueblo cargado con su tocadiscos y los últimos discos del momento para reunirse con sus amig@s y organizar “los guateques” en las distintas casas familiares. Los asistentes aportaban para las bebidas y la adquisición de discos. Con el llegaron los bailes con conjuntos en la terraza del Molino y las discotecas… Aprendió a tocar la guitarra con la idea de montar un conjunto musical con el grupo de amigos al que llamarían “Los Mulas”. En las reuniones él era uno de los que incitaba al dialogo debatiendo desde el más puro realismo hasta lo místico, desde lo próximo al más allá… Siempre fue un experto para realizar sus propias ideas, observador, ingenioso y un artista. Solo hay que ver sus exposiciones. En hemos podido disfrutar de sus cuadros paisajísticos, bodegones, retratos, fotos,… Ahora está con las miniaturas de los monumentos históricos.
Aquellos sabios destellos de niño se fueron plasmando con el tiempo, majestuosa y talentosamente en las obras que realiza haciéndonos disfrutar ahora cuando las contemplamos admirando su capacidad autodidacta

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