Noticias de Fuentidueña y comarca

El Viaje

Mayca Margon

No hay ocasión mejor que la que se presenta , sin más, sin menos, en el momento exacto, el lugar adecuado y con la personas elegidas. De manera que planeé el viaje, elegí el lugar, desperté a mis seres queridos y descubrí la forma: a través del . Inventé esa máquina futura, de puertas correderas cuyo parecido a la ducha con mampara, que en las películas y novelas de ciencia ficción transporta al viajero , generalmente, a un pasado , quizá también a un futuro, descubrí, digo, esa máquina contactando la memoria con el sentimiento, el cerebro con el corazón.
Y allí me presenté. En aquel pueblecito fresco en y con olor a hierba, cruzadas, y fachadas de piedra, balcones de madera y puertas pequeñas. Con sonido de correr el y ganas de beberla y chapotear en ella. Agua fría que saludaba con los buenos días y se despedía con las buenas noches del pueblo que desde el pie de las montañas la recibía. Aquel pueblito de sierra nueva para mí, fue el refugio ante el de un sofocante madrileño verano que contaba ser el sexto de mi vida, aunque no hube sufrido los cinco anteriores conscientemente, el siguiente sí, al observar a mi madre con su ya incipiente embarazo, su pelo revuelto, su holgada bata fresca de estar por casa y descalza, aireando ante su cara cualquier cartón, o cosa parecida, que le ofreciera un suspiro de alivio fresco. Encontró la paz y respiró hondo cuando nos instalamos, para dos meses, en el primer piso de una baja vivienda, de balcón largo y techo bajo, con tres habitaciones. En el piso inferior la rotunda de moño bajo, cuarentona y opaca, dueña y señora, dejaba que utilizaremos el baño y la cocina. Mi hermano y yo también respiramos. Supongo que mi padre igual, pero yo en aquel tiempo no lo aprecié, no era una preocupación para mí velar por el bienestar de mi familia. Mi misión a partir de ese momento se canalizó en disfrutar de la calle, las piedras incrustadas en la pared y que me recordaba una especie de puzzle, cuyas piezas se unían por el moho cuando pasaba el tiempo y yo intentaba desgastar rascando con un palito, el arrullo del agua en la siesta y excusarme de la tarea de cuidar de mi hermano sin perseguirle por todas partes. Sin embargo, nunca como aquellos días disfruté más de él y con él. Aquel pueblo y mi hermano siempre han ido juntos en mi pensamiento. Aquel pueblo, mi hermano y el seiscientos de mi padre. Aquel pueblo,

mi hermano, el seiscientos de mi padre y el descanso que encontró mi madre. El descanso de mi madre sentada en un banco de piedra frente a la pequeña ermita rodeada de otros y toscas cruces, asimétricas, mientras mi hermano y yo correteábamos alrededor del gris edificio, con el miedo metido en el cuerpo por si nuestras risas afectaban el descanso del santo o los muertos que el cerrado custodiaba a cal y canto.
Y volví. Necesité de otra máquina ya inventada para ello, más sofisticada y aparatosa que el antiguo seiscientos de mi padre, y menos personal que la descubierta por mí, pero allí estaba yo, fuera del tiempo sin futuro ni pasado. Envuelta en el presente. Ahí está mi madre, sentada fresca y muy lozana y nos mira con una insinuante sonrisa que mi hermano y yo conocemos muy bien. Le devuelvo la sonrisa y sigo correteando delante de mi hermano, atenta a no dejarme pillar, mientras de reojo observo que se acerca mi padre bajando la cuesta, feliz de volver con su familia unos días, satisfecho de sí mismo. Es una tarde antes de la cena, a esa hora en que la montaña baja con el deseo de arropar el descanso del pueblo y los arroyos que le rodean comienzan a entonar una nana.
Y aquí estoy, con mi viaje en el tiempo, disfrutando de todo, sintiéndolo por primera vez. Escucho la advertencia de mi madre para no caerme y evitar lastimarme. Dejo de correr y agarro la mano de mi hermano. Se levanta mi madre sosteniéndose la barriga. Mi padre abre sus brazos mientras nos mira y ríe. Vamos corriendo hacia él.

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